Apocalypse Tomorrow

Cada vez me siento más a disgusto con la calificación de “cinéfilo”, un término que implica un cierto matiz de exigencia a una afición que yo identifico exclusivamente como una actividad placentera. Ser cinéfilo parece conllevar una serie de deberes: hay clásicos que se supone que tienes que haber visto, estrenos a los que obligatoriamente hay que asistir, rarezas por las que vas a ser interrogado de forma inquisitiva en alguna ocasión, y un montón de datos sobre técnica, táctica e historia cinematográfica que se supone que debes conocer y que pueden abarcar desde biografías de directores de fotografía hasta las más intrascendentes anécdotas del rodaje de una película polaca sobre el antiguo Egipto (que la hay y muy buena por cierto). Pero lo peor de todo es que ser un cinéfilo implica no sólo que tienes que ver determinadas cosas, sino que también debes abstenerte de ver otras.
En resumen, demasiado trabajo para una pasión que me gusta mantener en el plano opuesto al de las tareas cotidianas, quiero decir con esto que no deseo convertir el acto de ir al cine en algo que haya que tomarse como una obligación como el ir a trabajar o el acudir cada día a la Universidad. Así que más que un cinéfilo prefiero considerarme como alguien a quien le gustan las películas de cine.
Toda esta perorata viene a cuento de que, incluso dejando el acto de ir al cine reducido al nivel de una afición ausente de cualquier carácter forzoso, a pesar de todo es lógico que todo el que sienta algún aprecio por el séptimo arte acuda al cine con ánimo de buscar una cierta excelencia en aquello que se dispone a ver. Y así suelo proceder yo de forma general pero, como cualquier otro degustador de alguna forma de representación artística, hay ocasiones en las que dicha excelencia se deja a un lado a favor de un sentido del espectáculo que apela a sentimientos algo más primitivos que la simple satisfacción intelectual.
Esto es algo que, personalmente, me suele suceder con las películas del género de terror en primer lugar y en segundo lugar con las películas del género catastrofista, estas últimas con una variante especial de la que hablaremos enseguida. Es posible que, en el segundo caso, esta espuria afición cinéfila responda al hecho de que en la época en la que yo empecé a ir al cine (finales de setenta) estaban muy de moda las películas de desastres de cualquier índole, ya fueran naturales o causados por el hombre, un tipo de filmes que adquirieron gran popularidad y que tenían una serie de particularidades comunes como por ejemplo aquellos inolvidables carteles promocionales en los que los actores protagonistas del drama, muchos de ellos viejas glorias de Hollywood en papeles puramente alimenticios, aparecían huyendo del espanto, cualquiera que fuese este.

No sabría decir cuando empezó la recuperación del género por parte del cine moderno aunque yo personalmente la sitúo en 1996, año de producción de Twister (Tornado) un filme que, también a nivel personal, marcó la tendencia de esta nueva forma de entender las películas de catástrofes, es decir una factura impecable en cuanto a los efectos especiales se refiere en contraste con un argumento endeble y unos personajes acartonados y bastante aborrecibles algo que tengo la sensación que no le sucedía a las viejas películas de los setenta.

Aun así en el curso de los años he seguido acudiendo a esta clase de espectáculos debido a otra pequeña depravación personal que se traduce en que soy capaz de ver cualquier basura proyectada sobre una tela blanca con tal que en ella salga una ola gigante también conocida como “tsunami”. ¡Si hasta me tragué esa gilipollez de Deep Impact con tal de ver como la gran ola caía sobre el indescriptible peinado de Tea Leoni!.

Entre las múltiples categorías en las que se puede clasificar a los espectadores de cine yo propondría una más: aquellos que evitan ver películas que tratan sobre temas que les aterrorizaban de niño y aquellos que se regodean en ellas. Yo creo que pertenezco a la segunda categoría ya que parte de mi infancia transcurrió en la playa de San Sebastián de la Gomera esquivando alguna ola enorme sólo para descubrir horrorizado que a continuación venía otra mayor.
O al menos alguna compleja explicación como esa tiene que justificar el hecho de haberme plantado un martes (la tontería tampoco era tan grave como para hacerme ir un fin de semana de estreno o el día del espectador) en unos multicines que normalmente procuro evitar, armado con un cubo de palomitas y otro de coca cola, tamaño pequeño eso sí, (“señor el tamaño mediano le sale sólo por un poco más”, “no gracias prefiero el pequeño”) aunque pagado a precio de uranio (con eso y la entrada, el coste del caprichito hidrofóbico ascendió a casi 15 euros ¡la ruina!, el pasado viernes sin ir más lejos por el mismo precio cené opíparamente incluyendo cerveza y postre a base de whisky con coca cola) y compartiendo sesión con una gente con la que en circunstancias normales no compartiría ni una quiniela premiada. Un ritual en definitiva absolutamente imprescindible pues se trataba de un producto cinematográfico que hay que ver en pantalla grande, hacerlo en televisión o en el ordenador es una doble cretinez, primero porque es una película ya de por sí bastante cretina y porque además estarías viéndola cretinamente.
Hablando exclusivamente de 2012, lo primero que hay que decir a aquellos que comparten esta perversión cinematográfica conmigo es que sus expectativas se verán totalmente colmadas: hay agua a presión en cantidad suficiente como para quedar más que satisfecho.

¿El resto de la película?, también cumple con las (mínimas) expectativas. Resulta que la Tierra está en peligro, en esta ocasión debido a una catástrofe ajena a la influencia del hombre y fundamentada en una profecía maya que pronostica el fin del mundo para el próximo 21 de diciembre de 2012. ¿El motivo del cataclismo?, pues que una alineación de planetas hace que unas cosas llamadas neutrinos se vuelvan locas aunque de todas modos ¿a quién carajo le importa eso?, un poco de verborrea científica es todo lo que necesitamos.
Planteado el conflicto las cosas se desarrollan del modo acostumbrado y con el ritmo ágil que revela la profesionalidad de los autores del show, que combina escenas de destrucción a una escala posiblemente nunca vista antes en el cine con historias individuales protagonizadas tanto por grandes estadistas (cuya presencia proporciona al relato de un beneficioso tono trascendente) como por ciudadanos de a pie (con los que el espectador puede identificarse). Hay también alguna velada crítica al mercantilismo y a la actuación arbitraria del gobierno (Emmerich no ha olvidado los aplausos que conquistó en muchas salas de E.E.U.U. cuando se cargó la mismísima Casa Blanca en “Independence Day”) aunque se deja al margen la beatífica figura del Presidente interpretada además por Danny Glover.

Luego están los inevitables toques de comedia, en esta ocasión bastante afortunados, algunos interludios en tono sentimental (que por cierto eran aprovechados por la concurrencia para ir a comprar más porquerías o para orinar las que habían consumido previamente), un final bastante ortodoxo donde los buenos se salvan (excepto alguno que lleva la palabra “prescindible” escrita en la frente desde el momento en el que aparecen en escena), los malos palman y los supervivientes navegan hacia el nuevamente despejado horizonte.
Pero sobre todo hay destrucción a mansalva: volcanes ardientes, terremotos ciclópeos, tormentas de ceniza, explosiones subterráneas, algunos de las ciudades más conocidos del mundo occidental destruidas con gozosa delectación y, una vez más, bastante agua como para secar el infierno. En definitiva todo aquello que necesita el espectador para aliviar las miserias de la vida cotidiana contemplando como la gente es asesinada en masa. En resumen, que me lo he pasado de miedo.





















